domingo, 5 de febrero de 2012

La importancia de la filosofía del Yoga en la clase de Yoga. El Yama y el Niyama.

Mis maestros en muchas ocasiones me han dejado con una claridad meridiana que el yoga no es una terapia sino un método de transcendencia. Algunos de los aspectos que se dán en una clase de Yoga convencional no contemplan un trabajo que es necesario llevar en el alumn@ de Yoga. Trabajo que desde la clase se ha de llevar a la vida , y no como dice muy bien Luisa Cuerda en esta tesina sobre el Yama y el Niyama, que esto sea como un paréntesis en su vida "real". A lo que nos lleva a "algo" que no es la enseñanza del Yoga. Yo, en mi humilde opinión la enseñanza del Yoga se desvirtúa para acabar siendo una terapia, una rara medicina para seguir dormido.
Además en esta fragmento nos abre algunos asuntos como los prejuicios que a veces impiden que en una clase se hable abiertamente de disciplinas que tiene y debe de saber el adepto.

Luisa Cuerda, escritora y profesora de Yoga entre otros títulos y cualidades nos repasa en esta introducción al Yama y al Niyama una invitación a que busquemos y no nos quedemos en la superficialidad.  



“El alma del yoga: yama y niyama aquí y ahora” de Luisa Cuerda.
INTRODUCCIÓN


Aunque tuviera el don de profecía, penetrara todos los misterios, poseyera toda la ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy.2
Estas palabras del fariseo Saúl, de la tribu de Benjamín, que ha pasado a la historia como Saulo de Tarso y a las hagiografías como San Pablo, ilustran mejor que cualquier otra cosa el propósito de este trabajo. Hace aproximadamente cincuenta años que se practica el yoga en occidente y poco más de cien que los eruditos occidentales comenzaron a “descubrir” el sánscrito (un idioma que llevaba miles de años de feliz existencia ajena a su interés) y, con él, las fuentes del pensamiento hindú. Eran los últimos años del siglo XIX, y los Vedas fascinaron a una sociedad ya con los primeros síntomas de una neurosis que, de momento, va a más. Desde entonces, el yoga de India se ha diversificado, desarrollado, adaptado, innovado y modificado de innumerables maneras para encajar en las diferentes (y variables) demandas de las personas que han acudido a él con una lista de expectativas en las que la propia realización ocupa, en el mejor de los casos, un lugar secundario. En una de sus clases, Arjuna Peragón nos mostraba la diferencia entre un “alumno de yoga” y un “cliente de yoga”. Y si tuviera que plasmar con una imagen la diferencia entre el yoga anterior y posterior a su occidentalización3 sería justamente esta: el antiguo estudiante de yoga se ha convertido en un cliente del yoga. Del alumno que (independientemente de que pague al profesor su tarifa) acude a la sala con un propósito de aprendizaje que luego él se ocupa de integrar en su vida como crecimiento personal hemos pasado al cliente que acude a la sala para “sentirse mejor” con la práctica que el profesor le dirige en un paréntesis de lo que en muchos casos llama “su vida real”. Este cliente o “paciente” tiene un par de horas a la semana reservadas para “relajarse” con su práctica, que realiza únicamente en la sala porque fuera de ella “no tiene tiempo” o “le da pereza hacerlo solo”. En muchos casos, además, la práctica consiste en una serie invariable de posturas que garantizan justo aquello que el cliente ha venido a buscar, ya sea flexibilidad, fuerza, equilibrio, desbloqueos de la energía, incremento de salud, mejora de la condición física o de determinadas patologías, tranquilidad mental o simplemente estar a la moda. Por eso nos encontramos a veces con forofos de su respectivo yoga, que nos preguntan con un interés teñido de suspicacia “qué yoga” hacemos nosotros para a continuación explicar, demostrar o “hacer ver” (según su grado de sofisticación o sutileza) por qué el suyo es mejor.

Por supuesto, este tipo de practicante es fruto de una manera de enseñar que se reduce a la práctica de âsana o, como mucho, a la práctica de âsana y prânâyâma y que considera que la meditación, en cualquiera de sus tres pasos (pratyâhâra, dhâranâ y dhyâna) es algo con lo que “hay que tener cuidado”, pensamiento muy afortunado, por otra parte, si tenemos en cuenta la escasa preparación que indica todo lo anterior. En cuanto a yama y niyama, las actitudes hacia los demás y hacia nosotros mismos que necesariamente acompañan a y florecen desde la práctica, sencillamente no se tocan en la sala. El revisionismo que a partir de los años sesenta han sufrido los valores éticos y religiosos establecidos y el resquemor hacia ellos que ha caracterizado justamente a la generación que inició la práctica del yoga en occidente hacen que se desconfíe tanto de todo lo que suponga “normas” o “principios” morales que, en el mejor de los casos, se transmite una versión ligera de ellos o “adaptada” a la ideología o a la filosofía del grupo, una visión que no “asuste” al alumno (potencial cliente) o que aleje la idea de “secta” asociada a veces a la práctica de yoga. Por eso, y por la laguna legal que existe en cuanto a la formación adecuada y a los requisitos exigidos para impartir yoga, el llamado profesor4 de yoga es, muchas veces, un monitor5 es decir, alguien que nos ayuda o corrige en la práctica y puede continuar haciéndolo durante años y años como parte de una agradable, higiénica e inamovible rutina. Como decía antes, se trata de que el yoga “encaje”, como otro bien de consumo, en la complicada vida del Primer Mundo.

Ahora bien, si partimos de la base que el yoga es una herramienta de transformación tan sutil como potente, tan estructurada como profunda y tan progresiva como radical, nos daremos cuenta de que pretender que “encaje” en una demanda prediseñada es inútil, y que lo único que conseguimos al intentarlo es dar el inadecuado nombre de “yoga” a la criatura fruto de nuestros esfuerzos; o, por mejor decirlo, utilizar una reconocida “imagen de marca” para prestigiar una serie de bienintencionadas actividades terapéuticas o para ganarnos la vida sin demasiada inversión en nuestra preparación o formación para ello6.

Por otra parte, incluso entre quienes han avanzado más en la práctica se da la íntima convicción de que, siendo el yoga un sistema para conseguir un fin (una “barca para atravesar a la otra orilla” diríamos en términos budistas)7, este fin se ve como inalcanzable, improbable o lejano. La sujeción de los sentidos o la capacidad de dirigir la mente se consideran cosas “razonables” y “normales” entre los practicantes avanzados. Pero la absorción en el objeto, el samâdhi, con su elemento indispensable de abandono, apertura a lo que suceda e integración en algo superior a nosotros entra dentro de lo que, con evidente desconfianza, se denomina “misticismo”. Y resulta tranquilizador pensar que, al fin y al cabo, a nosotros no tiene por qué pasarnos. El fin último del yoga es kaivalya, la libertad. Ese estado en que ““Lo que percibe” se presenta sin ninguna coloración de la mente”, del que se habla en el último aforismo del último libro del Yoga Sûtra8 (que precisamente se llama Kaivaliapâdah). Esto puede coincidir o no con nuestros deseos, aspiraciones, expectativas o fantasías, pero ninguna de ellas va a cambiarlo. Lo que sucede es que a medida que avanzamos hacia esa libertad, encontramos algunos resultados beneficiosos; por eso el punto de vista de una persona que practica yoga con regularidad suele ser más ecuánime que el de la media, y eso hace que su vida y su entorno se conviertan en más simples y agradables. Hay una evidente evolución, a nivel humano y social, que gratifica la práctica continuada. Sin embargo, este no es, en sí mismo, el objetivo del yoga, sino unos “efectos colaterales”, muy lógicos, que nos hacen más agradable pasear por esta orilla e incluso nos permiten alejarnos de ella de vez en cuando con nuestra barca amarrada al muelle con una larga cuerda de la que podemos tirar para volver. Esto nos gusta bastante más que avanzar hacia lo desconocido, el lugar donde están los budas (los que han despertado, pero también “los que no retornan”)9. Para decirlo más justamente, esto es lo que prefiere nuestro ego, que sabe que la otra orilla, la orilla de la libertad, no es para él. Ahora bien, si hay algo que ha sido diseñado, precisamente, para gestionar adecuadamente a ese ego, ese constructo mental con el que nos identificamos por ignorancia y que reforzamos cada día por una educación incorrecta, son las actitudes que forman yama y niyama. Por eso es útil concebir el yoga como un sistema integral, que no deja aparte ninguno de los aspectos que conforman al ser humano: cuerpo, energía, emociones, mente y espíritu. Y en ese yoga, todos los aspectos tienen un peso específico insustituible. En este trabajo quisiera compartir y transmitir la idea de que la exclusión de yama y niyama tanto de la práctica como de la enseñanza del yoga tiene mucho que ver con el hecho inexplicable de que a pesar del tiempo, esfuerzo, dinero y energía dedicados al yoga en occidente, este navegue entre la gimnasia y la terapia y se trate como una actividad grupal y localizada en lo físico mucho más que como una opción particular e integral; los logros que podemos conseguir con la práctica continuada de âsana y prânâyâma y con el adiestramiento de la mente y los sentidos, aunque puedan llevarnos a adquirir facultades extraordinarias no van liberarnos de nuestra percepción equivocada si a la vez no hemos conseguido adiestrar de igual modo nuestra capacidad de respuesta a la vida cotidiana, a ese Kurukshetra10 donde libramos nuestra particular batalla para alcanzar la libertad.

Desikachar, en su libro “El corazón del yoga”, dice: “Nadie puede cambiar en un día, pero las prácticas del yoga nos ayudan a modificar nuestras actitudes, nuestro yama y niyama. Y nunca al revés”.11 Yo añadiría que ambas cosas se ayudan mutuamente, es decir, el desarrollo de yama y niyama ayuda a y a la vez es ayudado por la práctica de los otros aspectos del yoga. No se trata de aislar estas actitudes para cultivarlas (o intentarlo) una por una antes de cualquier otra cosa. Además de absurdo, esto sería inútil. Para que estas actitudes florezcan es necesario que los obstáculos que las impiden florecer vayan apareciendo con claridad ante nuestro entendimiento y a esto ayuda la práctica de âsana, prânâyâma y de una adecuada meditación; y, a la vez, el desarrollo de estas actitudes dota de sentido a la práctica y nos ayuda a abordarla de una manera positiva e incluso entusiástica, motivándonos en los momentos de inercia que siempre aparecen.




Luisa Cuerda Muñoz.
Es licenciada en Derecho, profesora de Yoga de la Escuela Sadhana, y además escritora con varios títulos editados y otros en red como este, además de artículos y columnas en prensa. Tiene un Blog actualizado llamado: “El blog de Luisa Cueda” http://luisacuerda.blogspot.com/

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